Colección Aire Nuevo

El año que se escapó el León


     A León Ferrara le dió un ataque de risa cuando esa mañana de mayo de 1957 leyó los titulares de los periódicos: “Peligro en las calles: un león se ha escapado”, “Un león del circo Ferrari libre en las calles de Buenos Aires”, o este último: “León se escapa del circo”, cuya sintaxis intuyó que le estaba oblicuamente dirigida. Pero él no era un león ni lo parecía, más bien era un ratón o, si se quiere, un conejo; esto debido a la movilidad y a que abría las carteras hurtadas en el subte, el tranvia o el trolebús (era un defensor acérrimo de la tracción eléctrica) con los dientes, que eran planos, cuadrados y mantenía en perfecta limpieza. Era su acción de la buena suerte.

 

     Más peligroso que el león era él mismo, porque la policía aún no tenía su ficha y, por lo tanto, disfrutaba del status ideal de todo carterista: el anonimato. Esta situación -que sabía no definitiva- se debía a su habilidad para el camuflaje y a una honesta vocación de incógnito. Pulcro, discreto y con buenos modales, respetaba el límite que suelen traspasar los delincuentes, más allá del cual están los relojes y los dientes de oro, los anillos con piedra reluciente, las colonias caras, la untuosidad de los modales y una mujer de aspecto voluptuoso que traiciona. Su secreto profesional consistía en haber adoptado la apariencia de una víctima de robo, no darse a conocer por los colegas.